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sábado, 22 de diciembre de 2012

A jugar con la ciencia

Estamos en el periodo más consumista del año. Escaparse de las compras es difícil. Reconozcámoslo y afrontémoslo de una manera provechosa. ¿Por qué no despertamos vocaciones científicas gracias a los Reyes Magos, Papá Noel o el Tió? A continuación tenéis algunas sugerencias. Aviso: es inevitable citar marcas y tiendas. No hay detrás de ello ningún fin comercial. Esta selección ha sido fruto de un entretenido trabajo de campo, que ha consistido en visitar algunas tiendas del centro de Barcelona (Tiger, Imaginarium, Muji, Abracadabra, Joguines Foye).




Empezaré con tres juguetes que me han llamado la atención para poder fascinarnos des de pequeños con el cosmos. Uno es el telescopio ESA-Imaginarium que consta de lentes y trípode (Imaginarium, a partir de 6 años, 24,95 euros). Si Galileo levantara la cabeza y viera que los niños ya saben manejar un telescopio...
En esta misma tienda hay toda una línea de juguetes bastante sofisticados relacionados con la astronomía con la marca ESA (Agencia Espacial Europea). De entre ellos he elegido el telescopio por ser un clásico que seguro más de uno hemos querido que nos regalasen alguna vez por estas fechas







 Entre ellos está el también clásico planisferio, que se puede econtrar en Tiger también. Aquí, más económico y redondo, con forma de globo terráqueo, y no tan fiable como el de la ESA. Aún así, original y sin faltarle ninguna constelación. 


Para acabar la temática astronómica, recomiendo un precioso Sistema Solar de madera (Muji, 25 euros).
 A aquellos que les gustan los seres vivos, tienen una infinidad de posibles regalos. Des de las típicas bote-lupas (en Imaginarium por 7,95 y en Tiger por 3 euros) que permitirán cazar algun que otro insecto y verlo ampliado,


 hasta un safari de animales de cartón para montar (en Muji, 7 euros) o un conejo luminoso que recuerda mucho a Alba, el conejo fluorescente creado por Eduardo Kac (en Tiger, 2 euros). Un buen motivo para explicar cómo puede ser que los conejos sean fluorescentes.

 A parte, se pueden encontrar mil modelos de figuras de animales. Pero quiero recomendar una forma, a pesar de no ser juguetes,  de acercarse a los animales que a mi siempre me ha encantado, que son los libros pop-up. La editorial SM tiene 2 que son, para mi gusto, preciosos: Animales y Pájaros, ambos de Franceso Pittau i Bernadette Gervais.  Son dos libros de gran formato y de dibujos maravillosos. Para descubrir la belleza de los animales (Abracadabra, 24,60 euros).




Quien prefiera las plantas tiene varias opciones para crearse su propio invernadero: el clásico de madera y paredes de plástico para  botánicos precoces  (en Imaginarium, de 4 a 6 años, 9,95 euros) o uno más sofisticado de plantas carnivoras (CefaToys, en Joguines Foye,  a partir de 10 años, 25,95 euros). A proposito, esta marca de juguetes tiene toda una gama dedicada a juguetes científicos, para crear hábitats marinos, volcanes o cristales.



Precisamente el Cristalcefa o el Volcanocefa serían una opción para fomentar el interés por la geología, pero destacaré otro juguete más pequeño y curioso : el kit de excavación fósil, que consta de un pequeño rectángulo de plastelina, una espátula de madera y un pincel. Para empezar a explicar la teoría de la evolución. No sé si Richard Dawkins conocerá su existencia, pero estoy seguro que le encantaría (en Tiger, 2 euros).


Otra sugerencia, esta para aquellos que pretendan regalar  un juguete sobre el cuerpo humano, y a pesar que existen multitud de modelos, me quedo con el puzzle humano de madera (Muji, 15 euros)                      

 Si lo que se pretende es contentar a las criaturas más mañosas, hay infinidad de mecanos para construir aviones o helicópteros (Tiger, 3 euros, a partir de 3 años) o robots (en Abracadabra, a partir de 3 años, 15 euros).

 Para explicar un poco de física en el momento del baño hay dos pequeñas maravillas que he encontrado: la Tub Fountain (en Imaginarium, a partir de 12 meses, 29,95 euros) y el barco balón (en Tiger, a partir de 8 años). Dos maneras de empezar a entender la acción-reacción, el porqué flotan algunos objetos y el principio de Arquímedes. Casi nada.


- Acabaré esta selección de juguetes con los que tienen que ver con las matemáticas: me han gustado mucho los tangrams de madera (en Abracadabra, a partir de 3 años, 6,50 euros). Colores y formas diferentes. Entretenimiento asegurado a la vez que se descubren formas geométricas y se desarrolla la capacidad de visión espacial. Otros juguetes que me fascinan, a pesar de ser un auténtico desastre con ellos, son los origamis. En Muji hay para hacer pájaros o figuras navideñas (6,50 euros).





La lista podría continuar e incluso haber sido más amplia. Podría haber rastreado en otras tiendas. Pero es una selección muy personal que espero os haya podido dar ideas para vuestros regalos. Advertencia: regalarlos no garantiza que los niños sean después científicos, pero si que fomentará en ellos la curiosidad, las ganas por aprender, y el saber compartir. Aspectos fundamentales en el desarrollo de cualquier personalidad, científica o no.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Mi nostálgica ciencia

Ahora que crece la alarma por la poca vocación científica que hay entre los estudiantes, y que casi seguro se va a ver aumentada por estos tijeretazos en los presupuestos en investigación y educación y la precarización sistemática que va encaminada a ser sistémica de los doctorandos e investigadores; ahora, decía, es cuando me pongo nostálgico y pienso por qué yo estudié Biología.
Repaso mi imaginario infantil y juvenil y reconstruyo cómo se despertó en mi la vocación científica, a pesar de haber crecido en una familia de letras, y espero que se me permita esta falaz distinción para simplificar y avanzar.
Pues no sé si todo empezó o no con Érase una vez la vida, pero esta serie ocupa un lugar preferente en mis recuerdos de la infancia. La sensación al evocar esta serie es solo comparable con la que siento al recordar el sabor de merendar  pan, hecho por mi abuela, con chocolate. Érase una vez la vida me proporcionó las imágenes con las que ilustrar lo que pasaba dentro de mi cuerpo: los policías blancos luchando contra los fusiformes virus, las pequeñas y juguetonas plaquetas colaborando para taponar una herida, los rápidos mensajeros con sus mensajes enrollados bajo el brazo y corriendo de un lugar hacia otro para transmitir la información, el Maestro con su larga y blanca barba desperezándose en la mesa de mandos dónde todo se controlaba, los guapos Pedrito y Kira navegando de aquí para allá con sus naves,... Con Érase una vez la vida le puse cara a mis células y el metabolismo cobró sentido narrativo para mí.

Mientras tanto, y no recuerdo cómo pero pasó, me encapriché de un juego de mesa que te permitía hacer experimentos de química. Posiblemente fue al verlo en un anuncio de la tele, mientras veía Érase una vez la vida, no lo se.  El caso es que el Cheminova me llegó por reyes, a finales de los ochenta imagino. Estaba empeñado en descubrir algo, así que me saltaba los experimentos que venían en el libro de instrucciones y los hacía a mi manera. Mis padres me avisaban del peligro de las aventuradas mezclas y combustiones, así que alguna vez me salía a la terraza de casa y encima de la lavadora me montaba mi pequeño laboratorio y me ponía a experimentar sin ton ni son. Nunca llegué a ningún descubrimiento notable. Pero los momentos que soñé que me convertía en un famoso científico suplen tal carencia de resultados. El sueño terminó al mismo tiempo que se vaciaban los botecitos de las sales y demás compuestos.

Por aquel entonces, yo aún no sabía qué era eso de ser científico. Pero me imaginaba una vida llena de aventuras si me decidía a serlo. De eso tenía la culpa otra serie de televisión, El profesor Poopsnagle y el secreto de las salamandras de oro. Yo quería ser de mayor como el protagonista: el profesor García, sabio y apreciado por su nieto y los amigos de éste, y sobretodo porqué iba a salvar al mundo de la contaminación. Esa mezcla de inventor, geólogo, químico y no se cuantas disciplinas más que dominaba el profesor García, era para mí la profesión de científico. Y si además podía ir volando en un autobús, ¿a qué otra cosa me podría dedicar de mayor que me proporcionara tal diversión?

Después llegaron los noventa, fui al instituto y allí tuve la suerte de encontrarme con uno de los mejores profesores que he tenido, que curiosamente era el de Ciencias Naturales. Su personalidad y su manera de enseñar me cautivaron y fue decisivo en mi decisión de estudiar Biología. Y aunque me podría detener en él y dedicarle toda una entrada de este blog, no lo haré y simplemente destacaré una cosa ya sabida porque todos la hemos vivido: la importancia que tienen los profesores en nuestra adolescencia.
Hoy en día existen mil canales de televisión con documentales de naturaleza, de tecnología, de ciencia, existen también series de dibujos con niñas exploradoras, de personajes futuristas. Hoy en día también los padres nostálgicos ponen a sus hijos series como Cosmos de Carl Sagan, que aunque yo no la recuerde fue de las precursoras en la divulgación científica y marcó también a toda una generación, e incluso hay quién pone también a sus hijos Erase una vez la vida. Y esos niños iran al instituto y puede que se encuentren con un profesor de Ciencias que les motive lo suficiente como para estudiar Biología. Pero cuando sean conscientes de lo que significa ser científico hoy en día en este país, su nostálgico imaginario construido a partir de esas series y esos personajes no tendrá nada que hacer contra la dura y precaria realidad. Y la alarma habrá dejado paso al desastre.