jueves, 18 de julio de 2013

La economía, las chaquetas de colores y el Índice Bohemio-Gay



Este no va a ser un post sobre economía. Más que nada porqué no se nada de economía. No se nada de macroeconomía, quiero decir. Si acaso,  se algo de microeconomía. Aunque muy bien no se dónde acaba una y dónde empieza la otra. Total, que no voy a escribir de economía. Pero si de economistas. De personas que saben de economía, y en cambio saben poco de otras cosas. Seguro que hay muchos de esos, pero yo me centraré en dos.
Del primer economista que quiero hablar es de Richard Florida. Es experto en geografía y crecimiento económico. Trabaja en la Universidad de Toronto pero viaja por todo el mundo dando conferencias sobre el desarrollo económico de las ciudades. Ha escrito varios libros y numerosos papers. Su aportación más importante al mundo de la economía, y del conocimiento en general, es la Teoría de la Clase Creativa. Así muy resumido, el profesor Florida viene a decir que la clase creativa está formada por profesionales del mundo del arte, el diseño y la ciencia; y que esta Clase Creativa elige las ciudades dónde establecerse no por su oferta laboral sino por su grado de tolerancia a las formas de vida que se alejan de los estándares. Sus estudios analizan cómo esta Clase Creativa incrementa el grado económico de estas ciudades y cómo influye en su desarrollo urbanístico.  Aquí entra a escena el Índice Bohemio-Gay: un indicador de cuan tolerante es una ciudad, o un vecindario, frente a esos cánones de vida no estándares o convencionales. Porqué lo que dice el profesor Florida no es que los bohemios y gays sean buenos para la economía porqué tengan un poder adquisitivo más alto y consuman más, sino porqué este índice indicaría qué ciudades son más tolerantes y por tanto, la gente (clase) creativa se sentiría más agusto viviendo ahí y por tanto ayudaría a mejorar la economía de esa ciudad.
Vayamos con el segundo economista.  Este más conocido localmente aunque también trabaje en el continente americano. Se trata de Xavier Sala i Martin. Goza de reconocida notoriedad (que me imagino que no es sólo por vestir coloridas chaquetas) y es por eso, supongo, que el diario La Vanguardia lo ha fichado para hacer una vídeo-columna titulada E-Konomía. Y es dónde yo he descubierto al economista Richard Florida. Porqué hoy Sala i Martin se preguntaba "¿Es buena la homosexualidad para la economía?" y citaba el estudio del profesor Florida y sus conclusiones entre homosexualidad y progreso económico.
Y yo me pregunto, ¿llevar chaquetas de colores es bueno para la economía? Imaginemos que hacemos un estudio sobre ello. En nuestra metodología de trabajo para llevar a cabo esta investigación utilizaríamos un índice que comparase los resultados de las empresas cuyos empleados visten aburridos trajes oscuros con las empresas donde sus trabajadores utilicen coloridas prendas. Lo llamaríamos Índice Económico-Pantone. Podría aventurar mi hipótesis de partida pero prefiero no hacerlo por temor a plagio. Sabemos cómo está el mundo científico hoy en día, desesperado a la caza de recursos y cualquier buena idea podría ser aprovechada por un avispado director de grupo de investigación para hacerse con una subvención.
¿Qué pensaría el economista Sala i Martin si el economista Florida hubiese echo ese estudio imaginario? Pues eso mismo pienso yo de la Teoría de la Clase Cerativa de Richard Florida y de la vídeo-columna de Sala i Martin.  Tratar la homosexualidad como un factor que influye en la economía es otro ejemplo de cómo el capitalismo trata a los seres humanos como simple mercancía. Y que se haya hecho dentro de un marco académico como es la Universidad de Toronto es una muestra de cómo la Ciencia comete errores al encasillar a la personas dar pie a la discriminación. Es como estudiar si las ciudades con más población emigrante son más inseguras, o más feas, o con esperanza de vida más baja. Es la manera cómo no hace muchos años se utilizaba el Coeficiente de Inteligencia para separar a listos y tontos.  Se puede llegar a pensar que en este caso del progreso económico, la homosexualidad sale bien parada y tiene una  valoración  positiva. Pero ya no se trata de eso simplemente. Sólo con el planteamiento ya se está causando una ofensa. Ya se da pie a la diferenciación y a la  discriminación: ciudades con más homosexuales vs. ciudades con más heterosexuales. Si se tiene que llegar a una verdadera igualdad, señores economistas del mundo, este no es el camino.

Richard Florida                                                            Xavier Sala i Martin (y sus chaquetas de colores)

lunes, 13 de mayo de 2013

Cuatro vídeos de ciencia y un videoclip

Últimamente he visto algunos vídeos que, por diferentes motivos, resultan bastante interesantes y me gustaría compartir. Los recursos visuales son una de las formas más directas de transmitir conocimiento. Siempre y cuando se adapte el registro utilizado al público al que va dirigido.
En primer lugar, a través de uno de los blogs a los que sigo, Brian Pickings,  descubrí un grupo llamado They May Be Giants que hace canciones con contenido científico y que edita unos vídeos con una producción muy cuidada. Las canciones son sencillas, bonitas, algunas incluso pegadizas.  Por ejemplo, esta "Meet the elements". ¿Quién dijo que aprenderte la tabla periódica fuera aburrido?


Relacionado con los elementos, la semana pasada IBM presentó la que ya ha sido llamada la película más pequeña de la historia. Y es que está hecha de átomos, las partículas microscópicas que forman los elementos del vídeo anterior.  Su título es "A boy and his atom" y dura 1 minuto y 35 segundos. Difrutadla.


Aquí se puede ver el proceso de creación. Realmente fascinante. Más allá del entretenimiento, finalidad de cualquier tipo de película, des de IBM destacan la importancia de poder manipular átomos hasta grado de precisión. La nanotecnología tiene importantes aplicaciones, por ejemplo en la computación cuántica.  Puede que esta nanopelícula no gane ningún premio cinematográfico, pero cuando la gente tenga ordenadores cuánticos en casa, "A boy and his atom" será como hoy "Salida de los obreros de la fábrica".
La NASA editó el siguiente vídeo, para mostrar en tan sólo cuatro minutos, cinco años de los once que dura un ciclo solar. Se supone que este año 2013 es el ecuador de un ciclo solar y que su actividad debería resultar máxima. Pero las observaciones no indican eso. ¿A qué puede ser debido esto? Aquí la respuesta de la NASA.

Y ya que estamos en el espacio, otro vídeo de la NASA. Esta vez del último paseo espacial que realizaron la semana pasada dos astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS, sus siglas en ingles). Hubo una fuga de amoníaco del sistema de refrigeración de un generador unido a uno de los paneles solares de la Estación, y se tuvo que arreglar.  Siempre que veo imágenes de este tipo tengo que hacer el esfuerzo para pensar que no se trata de 2001: Una odisea en el espacio, por decir una de las muchas películas con paseos espaciales; son astronautas reales,  suspendidos a 400 km de la Tierra,  que mantienen la sangre fría como aquél que se sube a la escalera de su casa para cambiar una bombilla. La operación, según la NASA, fue un éxito. Los dos astronautas ya deben saber lo que es estar frente a la  inmensidad.

 

Aunque estos astronautas de la Estación Espacial Internacional también tienen tiempo para desarrollar su faceta más artísitca. Y justo hoy el astronauta Chris Hadfield lo ha demostrado, colgando este vídeo en el que interpreta "Space Oddity" a modo de despedida ya que su misión espacial ha acabado. ¿Se podía imaginar Bowie un videoclip mejor para su canción? 

 


jueves, 2 de mayo de 2013

La doble hélice, 60 años de un icono

La semana pasada se celebró el 60 cumpleaños del descubrimiento del ADN. En realidad se conmemoraba la publicación en la revista Nature del paper donde se describía la estructura de la molécula de ADN. Este paper fue escrito por los ya archiconocidos James Watson y Francis Crick. Por este trabajo, los dos científicos y su jefe Maurice Wilkins obtuvieron el premio Nobel unos años más tarde. Este descubrimiento,  fundamental en la historia de la biología y de la ciencia en general, fue posible a una fotografía con rayos X que había realizado una cristalógrafa llamada Rosalind Franklin, la cual se quedó sin tan magnifico reconocimiento debido a su fallecimiento antes de la entrega del premio. La historia, con sus ramalazos machistas,  muchas veces se olvida de ella. Pero su trabajo fue el inicio de este importante descubrimiento.

En ese paper que publicó Nature, Watson y Crick describieron el ADN como una doble hélice, es decir, dos cadenas antiparalelas que se entrelazan entre sí como si de un muelle se tratara. Detrás de esta simple descripción, hay toda una explicación bioquímica de por qué se mantienen enlazadas las cadenas y por qué son antiparalelas y lo que resulta más fascinante, cómo es que en ella reside la capacidad de la vida de autoreplicarse. No es mi intención explicarlo aquí. Otros lo hacen mejor en otros ámbitos.

La doble hélice ha ido más allá de la biología para convertirse en un icono. Es una imagen que resulta ya tan reconocible, que cualquiera la puede identificar sin necesidad de saber qué es exactamente.  Ahí van algunos ejemplos de como la famosa estructura hallada por Watson y Crick y Franklin ha traspasado lo científico y es ya parte de nuestro imaginario colectivo.
Uno de los ámbitos que más ha aprovechado el tirón de la doble hélice ha sido la publicidad, y en concreto la publicidad de cosméticos. Dentro vídeo:


¿Os ha dado tiempo a verla? Está ahí, rodeando el elixir de la juventud. La doble hélice es ya un recurso habitual de las marcas cosméticas. Estos productos ha explotado, como pocos lo han hecho, la genética como reclamo publicitario. No se si a esto se le podría llamar alfabetización científica. Siempre y cuando, claro,  se obvien sus metidas de pata. Pero sin duda ha ayudado a propagar a través de los medios que hay una molécula en las células, el ADN, que tiene forma de doble hélice.
Otro ámbito que ha aprovechado la famosa estructura biológica es, por cierto, una disciplina que crea también estructuras. La arquitectura se ha inspirado en la doble hélice para diseñar, por ejemplo, este puente:




Es un puente peatonal de 280 metros de largo que se encuentra en Singapur y fue inaugurado hace 3 años. Diseñado por arquitectos locales y australianos y hecho de acero, ¿hubiera sido impensable antes del descubrimiento de Watson y Crick?

Hay más ejemplos de puentes doble hélice, pero también de otras construcciones. La Murtum Nature Observation Tower está en Austria, mide 27 metros de alto y fue diseñada por el estudio de arquitectura alemán loenhart&mayr. 









Relacionado con la arquitectura, el mundo del diseño no ha sido ajeno a esta inspiración. Estas dos estanterías son un ejemplo. 
MYDNA bookcase by Joel Escalona




Double Helix by Green Woods Forniture, Bristol















Por supuesto, aún hay más: joyas, percheros, lamparas... Pero avancemos. Un ámbito que  no ha explotado mucho, y me extraña, la doble hélice es el de los dibujos animados. Sólo una referencia he encontrado pero es una referencia muy significativa. Veámosla: 


Spielberg utilizó a Mr. DNA para explicarnos la clonación de los dinosaurios a partir de la sangre que contenían los mosquitos fosilizados en ámbar.  Que la doble hélice hubiera sido un dibujo animado hubiera podido ser un parámetro para valorar su alcance como icono cultural, más allá de la biología. De momento, sólo es una personaje secundario de una película.

Así pues,  aunque la doble hélice no haya alcanzado el estatus de icono de nuestro tiempo, como el retrato que le hizo Warhol a Marilyn o la fotografía del Che, la doble hélice es sin duda la imagen de la ciencia. Aunque este honor está bastante reñido con la fórmula de Einsteino con el modelo atómico de Rutterford. Sea como fuere, el caso es que  esta estructura descubierta ahora hace 60 años ha trascendido más allá del mundo científico y posiblemente ni Rosalind Franklin, que fue quien primero la fotografió, ni Watson ni Crick que supieron hallar una explicación a esa imagen, imaginaron nunca que tuviera una repercusión más allá de la estrictamente científica.

martes, 26 de marzo de 2013

A propósito de "Marcados por los genes"

Empiezo a leer el reportaje "Marcados por los genes" de Luís Miguel Ariza,  que se ha publicado este fin de semana en el suplemento dominical de un periódico. Cuenta cómo nuestra información genética, que es la información más personal y por ello más sensible y delicada que nos identifica, puede estar al alcance de cualquiera.  De un cualquiera bueno, por ejemplo de un investigador que estudia la relación entre un marcador genético y el cáncer de colon o de un médico que te avisará de que tienes un factor de riesgo del 60% de sufrir Alzheimer. Pero esa información también puede ser ojeada por un cualquiera malo, por ejemplo un agente de de tu agencia de seguros que te negará una cobertura total o de tu jefe puñetero que te podrá despedir por ese riesgo tan elevado a sufrir cáncer y alegará una reestructuración interna de la empresa y ciao. Un cualquiera malo también puede ser un hacker informático que puede vender esta información a otro cualquiera más malo. Uffff. Acabo de leer el reportaje. Me entran temblores, sudoraciones y palpitaciones. Mi sistema nervioso simpático está a tope. Típica reacción de alerta. Seguro que hasta se me han dilatado las pupilas. Y es que he sentido miedo.
Vale, me digo, relájate que no es para tanto, es otra falsa alarma para crear expectación y bordar un reportaje periodístico; para tener un buen tema y que te publiquen el domingo. ¿Cómo van tus datos genéticos a estar colgados en Internet? ¿Cómo se va a enterar tu mutua? Ciencia ficción, seguro. Pero se ve que no, se ve que ya pasa en EE UU, el país dónde primero pasa todo. Al parecer allí que ya hay denuncias por discriminación genética. Entonces no es broma, pienso. Además, según informa el reportaje, son cada vez más las personas que piden que se descifre su genoma y quieren saber de qué morirán. Para ir dejando testamento, imagino. Yo no se si querría que se descifrara mi genoma. Quiero decir, que por una parte si me gustaría para ver si puedo evitarme algún sustillo e ir previniendo futuras compliaciones. Pero por otro lado, pienso que me asustaré y que,  al fin y al cabo, en la vida te pueden pasar muchas cosas, y oye, a lo mejor no te mueres de lo que te dicen los genes. Para qué voy a ir sufriendo innecesariamente. Pero otra cosa es la investigación, claro. Me pongo a pensar que hace falta que se descifren genomas de la gente para detectar y mapar en los cromosomas aquellas regiones involucradas en la enfermedades que nos acechan y encontrar un remedio molecular para ellas. La terapia molecular, que será lo más de lo más, cuando se generalice, claro.
Entonces ahora si que estoy hecho un lío, pienso. Vamos a ver: me asusto o no me asusto. La información genética se debe colgar en Internet o no. Para facilitar la investigación y el intercambio de datos entre investigadores por supuesto que sí. Pero, ay, si la intercepta uno que no tiene esa noble intención, y la vende y se hace negocio con ella y te putean y te discriminan. No me estoy aclarando nada. Vaya con el reportaje...Qué bien que se avance a toda velocidad descifrando el genoma humano o más vale que se ponga el freno y se pensemos qué estamos haciendo, o mejor, qué vamos a hacer con toda esa información.
Acto seguido me vienen más ejemplos en los que el avance científico ha ido de la mano de un, cómo llamarlo, desastre, inconveniente, handicap. La teoría de la relatividad, , los fertilizantes, la máquina de vapor, los transgénicos, la pólvora, la radiactividad, los antibióticos,  y no se cuántos avances científicos y tecnológicos más que han contribuido al progreso de la humanidad. Pero sin dudar un momento, relaciono cada uno de ellos con una contrapartida que hacen que su áurea milagrosa desaparezca más rápido de lo que dura un parpadeo.
Pero tranquilo, me digo, pues hay comités éticos que dilucidan si se hace un buen uso o no de esos nuevos hallazgos, de esas nuevas tecnologías que nos trae el progreso. Claro que, continuo diciéndome, esos comités éticos cómo sabemos que son totalmente imparciales. ¿No son humanos sus componentes y por tanto, vulnerables y proclives al error como cualquier mortal más?¿Quién garantiza que sus decisiones sean las más acertadas?
Voy perdiendo fuelle y me desanimo: seré incapaz de encontrar un respuesta. Debe ser que es imposible que todo vaya bien. Imposible que el progreso científico sea limpio, ético, seguro, justo. Aunque sea ésta su intención. Pero tampoco podemos frenarnos y volver a la edad media. La condición humana debe tener estas cosas. Así que, me digo para tranquilizarme, adelante con descifrar el genoma y prevenir y curar enfermedades. Arrepintámonos de hacer cosas, no de dejar de hacerlas. Ya encontraremos solución a los males que vamos generando por el camino mientras avanzamos por la senda del progreso y la prosperidad. Me quedo sorprendido de mí mismo: pues menuda conclusión saco de todo este embrollo. Y me quedo tan ancho.

jueves, 14 de marzo de 2013

La ciencia es puro teatro (a veces)

El título del post no va con segundas. O sí. El caso es que han llegado hasta mí dos acontecimientos teatrales que tienen a ver con la ciencia. Y he pensado: ya tienes nueva entrada. Antes de hablar de las obras en sí, me gustaría decir que he visto pocas obras teatrales cuyo argumento esté centrado en la ciencia. Digamos que un par. Son pocas sí, pero muy satisfactorias.  Pienso que el teatro tiene un gran potencial para sensibilizar y alfabetizar científicamente. Por sí mismo, el teatro es uno de los formatos artísticos que, para mí, más fuerza tiene, que consigue llegar más al público, impresionarlo más, colpire il cuore como bien dirían los italianos. Unos actores totalmente despojados de efectos disuasorios y artificiosos como los del cine, consiguen transmitir más emoción, más veracidad. Lo cual resulta perfecto para transmitir la realidad de la ciencia y de los científicos, y aún siendo teatro, despojarlos de las falácias y mitos que los envuelven. El teatro humaniza la ciencia, dispersa la niebla que, a pesar de ser cada vez menos densa, impide que la sociedad la aprecie tal y como es.
Decía que habían llegado hasta mí varios acontecimientos teatrales relacionados con la ciencia. Uno de ellos es una adaptación de la obra Re:Design del dramaturgo estadounidense  Creig Baxter, que se representará proximamente en Valencia bajo el título de Darwin (nombre con gan gancho, desde luego). Se trata de una dramatización de la correspondencia entre dos científicos: el archiconocido Charles Darwin y Asa Gray. Este último es tratado como el botánico americano más importante del siglo XIX y fue el introductor de las teorías darwinistas en los Estados Unidos de América. Por tanto, al tratarse de la relación epistolar entre dos científicos, cabe esperar de esta obra no sólo discusiones sobre la evolución, zoología o botánica, sino también sobre el trabajo como científico en un momento de profundos cambios de paradigma. Debió ser una época fascinante comparable con lo que supuso la publicación de la Teoría de la Relatividad de Einstein al principio del siglo XX o lo que supondrá la confirmación del hallazgo del Bosón de Higgs recientemente. Teorías que hacen que veamos el mundo de otra manera y logremos entenderlo mejor. Pero no sólo por eso debe resultar interesante la obra: las cartas son algo tan personal, que supongo que en la obra se podrá captar la verdadera personalidad de estos dos científicos, y tal y como decía al principio, humanizarlos y despejar la visión elitista de la gente que se dedica a la ciencia, ver que no son personajes excéntricos aislados del mundo, sino todo lo contrario, muy preocupados por todo lo que les rodea e influenciados por su estado de ánimo, por su família, sus amigos, por su día a día. La obra se pondrá representará en el teatro Flumen de València y está promovida por la Càtedra de Divulgació de la Ciència de la Universitat de València, institución que lleva a cabo una gran y variada labor divulgativa.


Otro de los eventos teatrales que han motivado este post es la lectura dramatizada de Copenhaguen de Michael Frayn, que narra el encuentro entre los físicos Neils Bohr y Werner Heisenberg que tuvo lugar justamente en la capital danesa el año 1941. No hay documento ninguno que relate lo que en ese encuentro se habló, pero debió ser significativo porqué poco después los dos científicos que habían sido grandes amigos, dejaron de hablarse. Bohr, que era judío, huyó de Dinamarca al ser ocupada por los nazis  y fue a parar a Los Alamos, donde el ejercito americano estaba desarrollando el proyecto Manhattan del que salió la bomba atómica. Por su parte, Heinsenberg estuvo a cargo del proyecto nazi para construir también la bomba atómica.  Se representará el día 19 en el Campus de la Comunicació de la Universitat Pompeu Fabra. Yo tuve ocasión de verla cuando se representó, hace un par de años, en la sala petita del TNC. Fue un montaje acertadísimo y la obra está tan bien escrita y estructurada que me mantuvo enganchado hasta el final. La presencia de un tercer personaje, la esposa de Bohr, también es fundamental para entender los dilemas a los que se enfrenta su esposo y si revelarle sus descubrimientos a Heisenberg o no. Un thriller en toda regla que permite reflexionar sobre los problemas éticos de los descubrimientos científicos. ¿Es Bohr responsable de la fabricación de la bomba atómica? ¿Hasta dónde llega la culpa de la ciencia en los usos que se dan a sus avances? ¿Progreso significa peligro?


Hablando de lecturas dramatizadas, y para ya bajar el telón , tuve ocasión de asistir a la de la obra Oxygen, de Carl Djerassi y Roald Hoffmann, que tuvo lugar en el Museu Blau a raiz del año internacional de la química que fue el 2011. Una obra brillante, ágil, divertida. Discurre paralelamente entre el Estocolmo de 2001, cuando el comité Nobel de Química tendrá que decidir a quien otorga el "Premio Nobel Retrospectivo de Química" y de 1777, momento en que se reúnen los científicos C. Lavoisier, J. Priestley,  P.B. Sheele y sus respectivas esposas convocados por el rey de Suecia para que expongan sus hallazgos sobre este importante gas. Una competición imaginaria pero que consigue mostrar la influencia, ocultada muchas veces por los cronistas, de las mujeres en los progresos científicos. Además de mostrar una pincelada de como deben ser las reuniones que deciden a quién otorgar los famosos premios suecos. Doble interés, doble acierto. No tengo constancia de que se represente proximamente. Una lástima.


En definitiva, es facil hacer el paralelismo de la ciencia como teatro, no entendido como farsa y mentira, sino como un drama que se desarrolla con un argumento que surge de la necesidad de entender y a través de unos actores, los científicos, que en definitiva trabajan para la satisfacción de un público, la sociedad, nosotros. Y cualquier estímulo que consiga despertar interés y fascinación por la ciencia y logre mostrar una imagen acertada de ella debe ser muy aplaudido, nunca mejor dicho. ¡Más teatro científico, por favor!

domingo, 24 de febrero de 2013

Nim y la ciencia

Nim nació en Oklahoma a principio de los años 70. Cuando contaba con sólo dos semanas de vida, fue arrancado de los brazos de su madre y fue llevado a vivir con una familia neoyorquina. Con ellos pasó cinco años y fue educado como un miembro más en una típica familia del Upper East Side. Es más, fue el centro de esa familia. No le faltó nunca nada y empezó a aprender el lenguaje de signos. Pero al cabo de ese tiempo, Nim empezó a mostrar signos de agresividad. Entonces volvió a ser llevado al lugar dónde había nacido. En Oklahoma, Nim fue incapaz de adapatarse a su nuevo hogar y fue llevado a otro centro de acogida. Al cabo de un tiempo, dicho centro fue clausurado por maltrato. Nim volvió a cambiar de hogar y fue a parar a un centro de acogida. Allí murió a los 27 años por un ataque al corazón. Nim era un chimpancé. Los chimpancés no son humanos. A Nim se le trató como a un humano y tuvo una vida triste. En nombre de la ciencia. La película "El proyecto Nim" cuenta su historia. La recomiendo encarecidamente.
Todo empezó cuando el profesor Herbert S. Terrace, que trabajaba en el departamento de psicología  de la Universidad de Columbia, Nueva York, se planteó que los primates podrían enseñarnos cosas sobre la evolución del lenguaje. Planteó un experimento que consistiría en intentar enseñarle el lenguaje de signos a un chimpancé y ver si éste se podía comunicar con los humanos. El profesor Terrace se puso en marcha: buscó un chimpancé, buscó una familia para el chimpancé y buscó unos profesores de lenguaje de signos. Y así es como Nim, en los años 70, se convirtió en el chimpancé más famoso del mundo. También en el más desdichado.
Pero hubo un momento que el profesor Terrace tuvo bastantes datos para analizar y aludiendo a  la creciente agresividad de Nim,  decidió apartarlo de su familia de acogida neoyorquina y devolverlo a Oklahoma. Resultó imposible insertarlo de nuevo: Nim había pasado tanto tiempo viviendo como un humano, que no pudo volver a ser un chimpancé más. Empezó ahí el tortuoso peregrinaje de Nim en busca de un nuevo centro dónde pudiera vivir.  Uno de esos centros era  de experimentación animal. En nombre de la ciencia se han cometido y se cometen muchas atrocidades. Eso es algo que tiene en común con la religión, por mucho que nos pese.  Y el maltrato de animales usados para experimentación es una de estas atrocidades.
Ya sabemos que Nim murió. Pero, ¿qué hay del experimento del profesor Terrace? Este concluyó que, a pesar que Nim había aprendido el lenguaje de signos y parecía poder comunicarse con sus maestros,  no había evidencias para pensar que los chimpancés pudieran construir estructuras gramaticales como los humanos. Estos resultados fueron publicados en la revista Science. El profesor Terrace, además, escribió un libro y adquirió notoriedad mediática. Nim fue olvidado. Hasta que se ha hecho este documental sobre su tormentosa vida. Un relato duro pero necesario a partir del cual me vienen varias ideas a la cabeza: 1, la innecesaria humanización de los animales (los chimpancés y nosotros compartimos más del 95% de nuestro material genético, pero a pesar de ello, los chimpancés no tiene por qué vestirse ni ir a hacer sus necesidades al retrete); 2,  la poca ética de aquellos experimentos científicos que hacen sufrir de manera innecesaria a los animales; 3, otras reflexiones que se os vengan a la cabeza cuando lo veáis.
Antes de acabar: en España hay granjas de cría de primates. Una de ellas está en Camarles (Tarragona), donde se crían macacos que se venden para experimentar con ellos. Así se refería  Jane Goodal a los simios en su reciente visita al Cosmocaixa de Madrid: "Compartimos tantas cosas con ellos, un ADN y una estructura del cerebro similar. Pero no somos capaces de ver que sufren, que tienen miedo, se estresan y se deprimen igual que nosotros". Cierto Jane, pero aún así, no son humanos. Solamente necesitan que les tratemos como animales y respetemos que vivan como tal. ¿Cuántos Nims más habrán habido?







domingo, 17 de febrero de 2013

Catarsis

Esto de escribir es misterioso, o cuanto menos, curioso. Hay veces que tienes tantas cosas en la cabeza de las que te gustaría hablar, que no puedes ordenar las ideas o se van anulando entre ellas y se quedan en un rincón de tu mente aguardando un mejor momento para resurgir . Y acabas por no escribir sobre nada. Por el contrario, otras veces, aparece un pensamiento solitario como una luciérnaga aventurera en medio de un jardín apenas florecido de principios de marzo que te hace sentir la necesidad de hablar de ello sin ningún atisbo de duda. Y acabas escribiendo de un tirón. Pero es que, además, hay entre estos dos extremos otra situación que es la que se me ha presentado esta semana: cuando por esas casualidades que van encadenándose y dan lugar a lo cotidiano, se te presenta un mismo tema a través de diferentes canales. Y ya no es que sientas un deseo de escribir y contarlo, sino que es una necesidad por tu bien.
Todo empezó a principios de semana. En clase planteamos la pregunta "¿Por qué respiramos?". Entre los pocos alumnos que se atrevieron a contestar hubo consenso: "para vivir". De ahí no pasamos. Los dos docentes que estábamos en el aula intentamos exprimir al máximo esta respuesta, pero no hubo manera de avanzar. El timbre que anunciaba el final de clase interrumpió nuestro esfuerzo (el de los profesores, en los alumnos no aprecié dicha sensación). Estupefactos por esta vaguedad en la respuesta y esta falta de interés en razonar más allá de lo obvio, mi compañera y yo observamos que no es que los alumnos no nos hubieran dicho nada del intercambio de gases ni de la importancia del oxígeno, es que no mostraban el menor interés por saber la respuesta de por qué respiramos. Nuestra conclusión, que pecaba de generalista, fue: los adolescentes de hoy en día no tienen curiosidad por nada, ni por lo más cercano a ellos como puede ser el acto de respirar. Ciertamente, no es que ellos no supieran cual es la función de la respiración. Es que no se habían preguntado nunca por esa función. Y como muchos de ellos no se estuvieron de mostrarlo con resoplidos y caras de hastío, les estaba sin cuidado saberlo.
Al cabo de un par de días, un amigo me pasó por Facebook el link de un documental titulado "La educación prohibida".  Justamente el leitmotiv de este documental es el análisis del funcionamiento de la escuela de hoy en día y propone maneras diferentes de plantear la educación, lo que recibe el nombre de educación prohibida.  Es un análisis necesario, pensé al recordar lo que me había pasado en clase unos días antes. Hemos privado a nuestros alumnos de todo atisbo de curiosidad y asombro: son incapaces de hacerse preguntas, que es la verdadera manera aprender. Además, en las aulas se viene repitiendo una manera de enseñar surgida hace 200 años en el imperio prusiano, encaminada a formar ciudadanos obedientes y dóciles. En las aulas falta que los docentes prestemos más atención al contexto emocional de nuestros alumnos y pasemos del currículum, las programaciones y las calificaciones. No era la primera vez que me lo planteaba. Pero tenía tan reciente la falta de motivación de mis alumnos, que mi sentimiento de culpa, de estar haciendo mal las cosas, de participar de un modelo educativo que adoctrina y no educa, rozaba niveles nunca antes alcanzados. Era como estar metido en un agujero negro, de dónde, por supuesto, no tenía posibilidad de escapatoria. Estaba atrapado. Me sentía culpable e impotente. No soy un buen educador, me repetía una y otra vez a medida que me adentraba más y más atraído por la enorme fuerza de la antimateria.
Al llegar el fin de semana, mis pensamientos se diversificaron, y el sentimiento de culpa se había relajado.  Para eso han inventado los fines de semana, ¿no? De lo contrario, la población llegaría al colapso y quién sabe lo que podría suceder tal y como está el panorama. El agujero negro no había sido más que un espejismo. Hasta que esta mañana de domingo he abierto  El país semanal y allí estaba otra vez el tema: una crítica encubierta al actual modelo educativo en forma de artículo de psicología.  En él se habla de la importancia del hemisferio derecho del cerebro, centralita de todo lo relacionado con lo emocional de nuestra personalidad, motor de nuestra creatividad, al que la escuela le debería dar más importancia y dejar de lado el protagonismo que, según el autor del artículo, se le ha dado a su antagonista hemisferio izquierdo, más lógico y cuadriculado.
A medida que he avanzado  en la lectura del artículo, me he vuelto a situar al borde del agujero negro de hacía unos días. Pero de repente, click. Ha sido uno de esos clicks de lucidez que vienen propiciados por una copa de vino: hace ya unos seis años, cuando empecé en esto de ser docente, ya nos hablaban de las inteligencias múltiples. Los alumnos no son todos iguales, cada uno tiene unas capacidades y hay que arroparles y guiarles para que las desarrollen, evitando así que se frustren y abandonen (el gran drama de nuestro sistema educativo) la escuela. Hay que trabajar en grupos cooperativos. Hay que tener en cuenta la inteligencia emocional, trabajarla para que los alumnos la sepan dominar y aprovechar. Todo esto no era nuevo ni para mí ni para muchos docentes. De hecho Piaget y Montessori ya lo planteaban. De hecho algunas reformas educativas llevadas a cabo en la historia reciente de nuestro país ya lo habían intentado implantar, siempre claro dentro de unos márgenes permitidos por el capitalismo (sin demasiado éxito a tenor de los resultados PISA y compañía). Yo esto ya lo he intentado poner en práctica, me he dicho. Entonces, ¿qué ha pasado?
Pues que la realidad social (y no quiero caer en la banalidad de la expresión) es demasiado compleja para poner en práctica todas las maravillosas experiencias que relatan los pedagogos y educadores en el documental, y del psicólogo en el artículo del dominical. No es que los docentes no hagamos bien nuestro trabajo; al menos la mayoría lo intentamos: yo intento favorecer la curiosidad entre mis alumnos, motivar su autonomía, los trato con respeto y amor, atiendo sus necesidades emocionales, empatizo con ellos y me amoldo a su visión de las cosas, le quito importancia a los resultados académicos y me paso (a veces) por el forro las programaciones a pesar del temor a las inspecciones educativas. Pero sin dejar de lado que les estoy dando una educación para que puedan desarrollar una profesión cuando salgan de la escuela.  No es que la mayoría de docentes no creamos que otra forma de educar sería más justa, más beneficiosa, mejor. Esto va a sonar infantil, pero es que no somos los únicos culpables. La estructura misma de esta sociedad post-industrial hace imposible que se lleven a cabo de manera generalizada este tipo de escuelas. Como bien dice uno de los entrevistados del documental, o varios de ellos en el fondo, la mejor escuela es la que no tiene paredes, la que se desarrolla en las plazas, en las calles, en los vecindarios. Está bien, pongámonos a ello. ¿Por dónde empezamos?
 Es aquí donde el análisis me falla. ¿Para qué queremos educar? Para formar personas libres, que puedan elegir dedicarse a aquello que más les guste en la vida, y así ser felices. Pero esto no lo conseguirán hoy en día por mucha educación prohibida que pongamos en práctica. Mientras se sigan exigiendo títulos para trabajar de una determinadas profesiones que la sociedad actual requiere,  las actuales escuelas serán necesarias. Si no, ¿para qué ir a la escuela? Si puedes aprender en otros ámbitos, no hacen falta escuelas de ningún tipo. Ni regladas ni libres. De echo, las libres existen por contraposición a las regladas. La dos pretenden formar a los ciudadanos para que desarrollen una determinada función en la sociedad pero utilizando métodos diferentes.
Según el documental, hace 200 años que se creó este sistema educativo mecanizado. Antes no había educación obligatoria y gratuita. Es cosa de los Estados modernos, para adoctrinar a sus ciudadanos, para asegurarse su obediencia. Tiene sentido, hasta que me he preguntado: ¿en qué condiciones vivía la población antes de aparecer estas escolarización obligatoria? ¿Es así como se pretende que vivamos ahora? ¿Qué modelo de sociedad queremos? ¿Cómo la educación puede ayudar a alcanzarlo? ¿Cuál es la tarea de los educadores en esta empresa? ¿Hay que cambiar primero la sociedad o antes hay que cambiar la manera de educar? ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina?
Falacias a parte, me he imaginado que hace 200 años que multitud de educadores se van asomando, como yo he hecho esta semana, al agujero negro de la culpabilidad por su tarea. La autocrítica es necesaria, me he dicho a mí mismo rozando la trivialidad, pero sin pasarse. He cerrado El País Semanal y me he acabado la copa de vino. Mañana empiezo una nueva semana. Veremos sobre qué escribo.