Cuando a mi madre la tuvieron que operar por segunda vez, pues el tumor que le había sido extirpado con anterioridad recidivió, la acompañé a ella y a mi padre a la consulta del cirujano. Se tenía que tomar una decisión difícil y todo apoyo era poco. El doctor H (por mantener su anonimato) nos explicó pacientemente en qué consistía la operación y el riesgo que ésta suponía. Aunque el médico hablaba con mucho tacto, no se andaba con rodeos y nos expuso de manera muy diáfana los pros y los contras tanto de someterse a la cirugía como de dejar crecer el tumor. Y claro, llegó un momento que la pregunta fue inevitable: "¿qué haría usted en mi caso, doctor?", quiso saber mi madre.
El día antes de la operación, visité a mi madre en el hospital para darle las buenas noches y me fui a casa. Durante el trayecto, y después mientras cenaba e incluso antes de conciliar el sueño, estuve pensando en el doctor H: ¿qué habría cenado? ¿se podría haber cortado mientras cocinaba y le imposibilitaría eso llevar a cabo la operación? ¿vería un rato la tele después de cenar? ¿o habría salido a tomar una copa con unos amigos? ¿haría el amor con su mujer? ¿le costaría dormir? ¿estaría nervioso por llevar a cabo una operación tan delicada? ¿se dormiría y llegaría tarde a la operación?
Durante toda la lectura de Ante todo no hagas daño no he dejado de pensar en el doctor H. Este libro refleja tan bien cómo se siente un cirujano ante "el mundo de enfermedad y muerte" en el que, en palabras del autor, pasa gran parte de su vida, que ha hecho que mi empatía y admiración por el doctor H, y en general por todos los cirujanos, crezca aún más.
El autor del libro del que hablo es Henry Marsh, un neurocirujano británico, que llegó a la medicina no por vocación sino por diferentes casualidades de las que se compone la vida, y acabó siendo el director del servicio de neurocirugía de uno de los mayores hospitales de Londres. Ahora, ya retirado, ha escrito este maravilloso libro a modo de memorias. Aunque yo creo que es más un homenaje a su difícil profesión y un intento por esclarecer en qué consiste en realidad ser cirujano. Porque, ¿quién está capacitado para decidir sobre la vida de alguien? ¿Quién sería capaz de tomar ciertos riesgos a sabiendas de que en tus manos tienes el destino de una persona?
El relato del doctor Marsh es sincero, melodramático pero nada sensiblero, y revela las dificultades que, no solamente por lo delicado de tratar con la enfermedad sino también por las dificultades que acarrea la mala gestión de la Sanidad Pública, conlleva su profesión. Pero, a pesar de tratar de enfermedad, muerte, y sufrimiento, no es un libro triste. No más triste que la vida. Porque, de la misma manera que convivimos con el dolor, en este libro también hay sitio para la alegría y, para la suerte, buena y mala.
Humildad y humanismo deberían ser cualidades indispensables en aquellos que quieran ejercer la medicina. Y de esas el doctor Marsh y su libro, tienen a raudales. Características de las que también gozaba el doctor H. La operación de mi madre fue un éxito y permitió que estuviera con nosotros un poco más de tiempo. La idolatría que ella mostró por aquel médico era indescriptible. El doctor H, lógicamente, era reservado y a pesar de contadas muestras de afecto no entablamos una relación más allá de la de médico-paciente. Después de leer Ante todo no hagas daño, me da la sensación que lo conozco un poco más. Algo que ha hecho no solamente reforzar mi gratitud hacia él, sino relativizar el poder casi milagroso que solemos atribuir a su profesión.
Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh. Traducción de Patricia Antón. Salamandra, 2016.
Cuando tenía once años,
a Neil le diagnosticaron acromatopsia, es decir, no podía distinguir
los colores. A causa de este severo grado de daltonismo Neil veía
todo en blanco y negro. Una austera y monótona escala de grises
teñía su realidad. Lejos de que esto supusiera un problema, una
deficiencia que le impedía relacionarse con su mundo de niño de
once años, Neil se lo tomó como otra característica suya más,
igual que ser el único niño vegetariano de su clase, o lo mismo que
ser el único en apellidarse Harbisson del pueblo donde vivía. La
acromatopsia lo definía, pero no lo excluía.
Neil era gran aficionado
a la lectura pues su padre, que era profesor de inglés, se la había
inculcado, y empezó a leer en busca de respuestas. Quería saber qué
era el color, aquello que él no podía detectar. Leyó y releyó
pero ninguna de las grandes teorías del color le servían. ¿Cómo
podría él detectarlo? ¿Cómo podría experimentar esa sensación?
¿Cómo conseguiría percibirlo?
Y entonces, la música,
como tantas otras veces y para tantas otras personas, fue su
salvación. Mientras tocaba el piano un día, ya con veinte años,
dio con la solución. ¿Acaso la luz y el sonido no eran lo mismo?
¿Acaso no eran ondas ambas manifestaciones? Y así, de una manera
brillante, Neil ató cabos y pensó en asociar cada frecuencia de luz
a una nota, a un sonido. Por tanto, podría detectar las frecuencias
de onda de los colores y asignarles un determinado sonido.
Pero tan fantástica idea
necesitaba de un aparato que le permitiese detectar la frecuencia de
la onda de luz y transformarla en un sonido. Otra casualidad hizo
acto de presencia en la vida de Neil. Al asistir a unas clases de
cibernética, consiguió recabar la suficiente información y
colaboración para construirse una antena. Como todo gran invento, su
eyeborg (así lo llamó en un principio) gozaba de una elegante
simplicidad. Insertado en la parte trasera de su cráneo, y mediante
el implante de un software, Neil sufrió un ligero cambio físico que
suponía, verdaderamente, una profunda transformación: se había
convertido en un cíborg.
En realidad, tal y como a
él le gustaba explicarlo, el cambio no fue tan rápido. Porque para
que uno sea cíborg, debe sentirse cíborg. Y él se sintió cyborg
pasado un tiempo después del implante de su nuevo órgano. Cada vez
que lo contaba, su voz se volvía temblorosa de la emoción, y las
pupilas se le ensanchaban. No era para menos. Empezar a notar que ya
no eres humano no es una sensación baladí. Creo que, en esa
tesitura, cualquiera de nosotros sentiríamos un nudo en el estómago,
se nos erizarían el vello y hasta a alguno se nos escaparía una
lagrimita.
Pero volvamos al relato
del momento de sentirse cíborg. Neil siempre contaba que fue el día
en que se despertó y se dio cuenta de que había soñado con
colores; o mejor dicho, con sonidos. Fue ese el momento en que se
percató de que su cerebro no distinguía entre lo que era producto
del software que llevaba implantado de lo que su propio cerebro
producía. En ese kafkiano instante, Neil dejó de sentirse humano.
Ahora debería llegar el
final de la historia de Neil, en el que hablaros de su adaptación
en una sociedad de humanos no siempre receptivos a lo nuevo y
tolerantes con lo diferente. Quizás esperabais que os contara a qué
se dedicó después de convertirse en cíborg. De su estilo de vida,
de sus aficiones, de sus romances tal vez. Pero eso lo podéis
averiguar vosotros mismos. Neil Harbisson no es un personaje de
ciencia ficción. Es real. Tiene treinta y cuatro años, reside en
Nueva York y es el primer cíborg oficialmente reconocido. En 2004,
el gobierno británico le permitió renovar su pasaporte y reconoció
la antena como parte de su cuerpo.
Yo tuve la oportunidad de
conocerle cuando, hará un par de meses, lo entrevisté para Faaan!,
una revista sobre creatividad y diseño de Barcelona. Sí, habéis
leído bien, creatividad y diseño. Neil Harbisson es artista. Es el
precursor del Cyborg Art. No es de extrañar puesto que Neil
es el primero en muchas cosas. También en detectar la luz
infrarroja, en recibir llamadas directamente a su cabeza e incluso el
primero en poder conectarse mentalmente con los satélites que orbitan
alrededor de nuestro planeta y escuchar los colores del espacio. La
realidad vuelve a superar a la ficción. A la ciencia ficción,
diría.
Sé que mi relato no ha
estado a la altura de Isaac Asimov o de Philip K. Dick. Mi
imaginación no alcanza para inventarme un personaje como Neil
Harbisson. Aunque tengo que decir que conocerlo ha sido mucho mejor.
Escuchar a un cíborg explicarte con su propia voz, que por cierto
lejos está de sonar metalizada, fría e inexpresiva como la de los
cíborgs del cine, que sentirse cíborg “es sentir que tu eres
tecnología, no que la estás usando o llevando. No notar la
diferencia entre la antena y mi cuerpo, sino considerarlo como
cualquier otro órgano; no sentir la diferencia entre el software y
mi cerebro, sino ver que están unidos”, escuchar eso, decía, ha
sido una experiencia insuperable.
Por otra parte, ¿qué
pensarán James Cameron o Paul Verhoeven sobre Neil Harbisson? Sus
películas Terminator y Robocop, ahora consideradas de culto, tenían
como protagonistas a dos cíborgs y fueron grandes éxitos
comerciales en los ochenta. Desde luego no son las únicas. El cine
de ciencia ficción ha recurrido a estos personajes mitad humanos
mitad máquinas en bastantes ocasiones y ha explotado este filón con
mayor o menor éxito. Pero en general todas han contribuido a que nos
preguntáramos sobre nuestra relación con la ciencia y con la
tecnología.
Hace un tiempo leí el
libro Cine y ciencia ficción de
J.P.Telotte, profesor de literatura, comunicación y cultura
en el Georgia Institut of Technology. En él se analiza cómo este
género del cine es de gran interés para “cuestiones que son
particularmente importantes para la tecnocultura contemporánea”;
entre ellas la naturaleza del yo o la fragilidad de la existencia
humana.
Qué duda cabe de ésto.
La fascinación por el futuro, por saber qué nos depararán los
descubrimientos científicos y los avances tecnológicos, por
visualizar qué será de nosotros como especie, ha generado
inmumerables relatos y fotogramas que han provocado que nuestra
imaginación volara. Pero, aún más importante, y como dice
Telotte, ha sido la forma en que nos hemos planteado preguntas
estrechamente relacionadas con la filosofía o la ética de los
avances tecnocientíficos.
Neil no me quiso desvelar
en qué lugar y quien le hizo la operación para implantarse su
flamante nuevo órgano. Simplemente comentó que los comités de
bioética de diferentes instituciones médicas rechazaron su
solicitud. Yo tampoco quise entrar en detalles. Pero quedaba claro
que, aunque técnicamente se podía hacer, existían reparos desde un
punto de vista moral. De nuevo, la ciencia ha sido más rápida y
habrá que adecuarse a la nueva realidad. Conseguir renovar su
pasaporte es un buen ejemplo: el Gobierno de Su Majestad tuvo que
ceder y permitir que uno de sus súbditos apareciera fotografiado con
un dispositivo electrónico. Aunque ahora sabemos que es algo más
que eso.
Otro tema, en cambio, es
si Terminator perderá poder de fascinación conociendo la
existencia de Neil. ¿Que nos parecerá este tipo de cine ahora que
sabemos que el futuro ya está aquí? Ya no tenemos que imaginarnos
cómo será un cíborg. Hay uno que vive en Nueva York y viaja por
todo el mundo explicando su experiencia, explicándose a si mismo. Y
queda claro que ni es tan malo como Shwarzenegger, ni sufre tanto
como Peter Weller, ni mucho menos es perseguido como los replicantes
de Blade Runner.
Además, y que no cunda
el pánico, os tengo que decir que no está solo: la invasión cíborg
está en marcha. Porque, de la misma manera que OCP crea a Robocop en
el film de Verhoeven, Cyborg Nest es la empresa con la que
Neil está desarrollando y comercializando nuevos sentidos. A partir
de ahora, más gente podrá llevar implantada tecnología en su
cuerpo. Esta tecnología les permitirá percibir el mundo de otra
manera, tener otras capacidades. ¿Estamos a punto de dejar de ser
humanos?
Dejemos que Neil
conteste: “Sí, creo que estamos en el renacimiento de nuestra
especie. Estamos en un punto de diseñar qué especie queremos ser.
Yo me considero trans-especie, por el hecho de adaptar órganos y
sentidos de otras especies o de especies que aún no existen. Igual
que ahora no tienes por qué vivir el resto de tu vida con el género
con el que has nacido, ¿por qué tienes que vivir siendo la especie
con la que has nacido?”
Como afirma el profesor
Telotte en el libro que antes mencionaba, “una
pregunta clave que guía a la mayoría de la ciencia ficción no es
qué podemos hacer con nuestros conocimientos científicos, sino más
bien, dado un poder concreto, qué es lo que podemos hacer con él.”
No busquemos más en las películas, en los libros o en los cómics.
Ya tenemos la respuesta. Sayonara, baby. O mejor dicho,
bienvenido, Neil.
Hace días que le daba vueltas y hoy, leyendo el ensayo de Carl Wilson "Música de mierda", lo he visto claro. Pensar que el espectáculo Fields de Martin Messier era todo menos un concierto de música ha sido una tontería. Si bien es verdad que no era la música que uno espera escuchar o pretenda que le guste, asistir al show del artista canadiense se podría comparar como haber asistido al conflictivo estreno de La Consagración de la Primavera en 1913.
Aunque el Mazda Space no era el Teatro de los Campos Elíseos ni el público barcelonés fue tan escandaloso como el parisino, el paralelismo tiene más que ver con la novedad de lo que se escucha y con lo poco acostumbrados que estamos a determinados sonidos. Es decir, los ruidos que Messier generaba conectando y desconectando cables de los paneles que lo acompañaban en el escenario nos podría haber causado la misma sensación que el refinado público parisino notó al escuchar las primeras disonancias provenientes del foso del teatro.
Creo que nosotros, a diferencia de aquellos franceses que asistían a la citada première, supimos guardar las composturas y no interrumpimos al músico por un motivo: somos unos hipsters que sabíamos que lo que estábamos presenciando era cool, justamente por estar organizado por Sónar+ como apéritif al gran festín que ofrecerá en Junio.
Nuestro cerebro está programado para liberar dopamina, bendita hormona del placer, cuando escuchamos determinados acordes llamados consonantes (los épicos finales de bandas sonoras serían un buen ejemplo). En cambio, cuando escuchamos algo que definiríamos como rayos y centellas es que estamos ante unos acordes disonantes (aquí podemos pensar en un analfabeto musical aporreando las teclas de un piano). En estos últimos casos, las notas suenan sin ninguna relación entre ellas y provocan estas aberraciones.
Pero ojo, si nuestro cerebro se acostumbra a ellas, tal vez nuestro bulbo raquídeo logre liberar dopamina, porque a nuestras neuronas les gusta también lo conocido, y si son capaces de encontrar ciertos patrones en lo que escuchamos, tachán, nos va a acabar gustando.
Ojo, que el maestro Stravinsky está atento a lo que decís. Foto: Irving Penn
Si bien no era éste mi caso: yo nunca había escuchado a Messier, ni música hecha amplificando el sonido de las ondas electromagnéticas, de la misma manera que los asistentes al teatro de París el 1913 tampoco habían escuchado nunca los novedosos y chirriantes acordes que proponía Stravinsky. Ellos no aguantaron y empezaron a gritar y marcharse indignados. Nosotros permanecimos estoicamente en el Mazda Space la aproximada media hora del show de Messier. Sí, vale que después había catering y cerveza gratis. De acuerdo. Pero, ¿tan ratas somos que sólo por eso soportamos los artificios de Martin?
Hay algo más, y es que en cuestión de gustos, no sólo interviene la neurobiología, también interviene el factor social: los que acudimos a la llamada del Sónar+, aunque fuera de rebote como yo, íbamos atraídos por la expectativa de escuchar algo novedoso, poco convencional, alejado de la mainstricidad de cualquier música, electrónica o no, antes oída.
Algo parecido a lo que sucedió en 1914, cuando La Consagración de la Primavera volvió a sonar en el teatro de París y, entonces sí, fue aclamada. Como dice Wilson en su ensayo, aquél público debió ser el hipsterío de la capital francesa, que acudió en masa con ganas de escuchar algo nuevo y diferente.
Y así, de esta manera, aunque en su momento recuerdo que comenté que no me había acabado de gustar lo que Messier había hecho con Fields, pues lo veía más cercano al circo que montaba Tesla que a la música electrónica que esperaba escuchar, tengo que reconocerme un hipster acérrimo y confesar que tengo ganas de escuchar más ruidismos y disonancias. Mi bulbo raquídeo está seco de dopamina. Y la historia de la música se escribe a base de disonancias.
Será por su interés por las ciencias naturales, o por su homosexualidad, o tal vez será porque describe la pérdida de su madre como el episodio más doloroso de su vida, o incluso puede que haya sido por su pasión por la lectura, o puede que haya sido debido a una atracción sexual hacia él (sólo hay que verlo con chupa de cuero y montado en su BMW); sea por lo que fuere, he conectado de una manera espectacular con OliverSacks. Sin conocerlo personalmente he llegado a pensar en él como en un amigo, y en ocasiones, durante estas tres últimas semanas en las que he podido disfrutar de la lectura de sus memorias, tituladas En movimiento, he intentado imaginarme qué hubiera hecho Oliver ante tal o cual situación, o cómo hubiera afrontado Oliver las zancadillas que la (mala) suerte me ha ido poniendo recientemente.
Es mágico, por ser raro y único y por despertar sensaciones poco habituales, cuando encuentras un libro que te hace replantearte a ti mismo. Y me refiero, obvio, a algo más que la auto ayuda. Pocos libros, los cuales podría contar con los dedos de mi mano, han influido en mí de esa manera. En movimiento me ha hecho conocer de otra manera al admirado Dr. Sacks, me ha hecho entender cómo ha llegado a ser tan fundamental en la historia de la neurología y, en general, de la divulgación científica, a la vez que ha mostrado, y aquí soy consciente de meterme en el tópico, su lado más humano. Sabía que era un neurólogo excepcional, uno de esos científicos que consiguen expresar con tanta claridad y belleza sus ideas, que hacen que los científicos más academicistas sean reticentes en valorar su trabajo, por considerarlo más cercano a la subjetividad de la literatura que a la objetividad científica.
El mismo Oliver se refiere a este hecho en varios momentos del libro y relata su extrañeza al ingresar en Oxford, pues allí empezó a notar la división entre los que estudiaban ciencias o medicina, y el resto de estudiantes de la prestigiosa universidad británica. Este asombro era debido a que Oliver, de siempre, había mostrado igual predilección por los libros que por los experimentos de química (como queda reflejado en otro libro suyo de memorias, El tío Tungsteno). Él mismo lo relata así: "En St. Paul's School, (...), disfrutaba de una mezcla natural de artes y ciencias. Fui presidente de nuestra sociedad literaria y al mismo tiempo secretario del Field Club de botánica. Esa mezcla fu más difícil en Oxford, pues el departamento de anatomía, los laboratorio de ciencias y la Biblioteca Científica Radcliffe se concentraban en South Parks Road, a cierta distancia de las salas de conferencias y las facultades de la universidad. Había una separación tanto física como social entre los que hacíamos ciencias (...) y el resto de la universidad".
¿Por qué se empeñaba la universidad, y lo sigue haciendo, en crear compartimentos estancos entre estas dos culturas? Además, hoy en día esta barbaridad se agrava desde mucho antes, pues la separación empieza ya en la enseñanza media, cuando en el instituto el alumnado ha de escoger sus itinerarios formativos: ciencias o letras. Pero Oliver, volviendo a nuestro protagonista, logró sortear este obstáculo al descubrir la Biblioteca Bodleiana, descrita en sus memorias como un refugio para él, donde pudo profundizar en el que sería su primer sujeto sobre le cual empezó a escribir sus historias clínicas. Unos perfiles a los que Oliver quiso dotar de un contenido más allá de los meros datos clínicos, fijándose y describiendo otros aspectos y facetas de la vida de sus pacientes. Algo que continuaría haciendo a lo largo de toda su carrera como neurólogo y que daría pie a su primer libro, Migraña, y a Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, por citar dos de sus obras más renombradas.
Oliver es pues alguien excepcional, tan necesario en la cultura del siglo XX que debe ser un ejemplo de cómo ciencia y cultura pueden y deben volver a enlazarse, pues una no puede entenderse sin la otra. Pero no solamente por eso he querido reseñar En movimiento, no tan solo por su valor de unión y simbiosis de las dos culturas y como ejemplo de puente posible y necesario entre ellas. También porque sus reflexiones son tan humanas y universales, que no hacen sino enriquecer el legado de este médico.
En uno de los pasajes, por ejemplo, cuenta que en el verano de 1979 se retiró a la isla de Manitoulin para intentar terminar uno de sus libros y, a la vez, ejercer otras de sus pasiones: nadar, pensar y escuchar música. Cómo de afable y de entrañable debería resultar el Dr.Sacks, que los lugareños le ofrecieron ser el substituto del médico de la isla, que se acababa de jubilar. Al parecer Oliver estuvo dándole vueltas a la propuesta y finalmente la denegó. Treinta años después, todavía se preguntaba qué hubiera sido de su vida de haber aceptado aquel ofrecimiento. Y es que, ¿quién no ha tenido nunca su propia isla de Manitoulin y se ha interrogado sobre las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida?
Más allá de multiplicar mi admiración por Oliver Sacks debida a su significación al tender lazos entre diferentes disciplinas e iluminar nuevos caminos en la neurología, En movimiento ha hecho que me suba a mi BMW R60 particular y siga recorriendo las carreteras de mi mapamundi vital. Y así conseguir estar siempre en movimiento. Tal y como Oliver me hubiera aconsejado.
En movimiento. Una vida, está publicado por Anagrama. Primera Edición. Noviembre de 2015
Quién mucho abarca, poco aprieta. Popular dicho con el que no estoy nada de acuerdo. Abarco mucho y aprieto todo lo que puedo. Porque, ¿quién es quién para decirme a mí qué es y qué no es apretar poco o abarcar mucho? ¿Es que nadie ha oído hablar de la multitarea?
Todo esto viene a colación debido a la escasez de entradas de este blog. Posiblemente muy pocas personas, por no decir nadie, se habrá dado cuenta. No pasa nada. Os sabré perdonar. Pero la verdad es que escribiendo para otros, hay poco tiempo para mí. Y es por eso que he querido poner remedio a la escasez de las 2 Ces con este post-parche. Voy a compartir dos entrevistas que hice a dos artistas que tienen en común su residencia en Hangar, ese sitio barcelonés de referencia para la creación y la experimentaición artística contemporánea.
La primera entrevista fue a Andrea Gómez para la revista Faaan! Estoy contento con el resultado, pues he sido capaz de entender su obra y el proceso creativo que hay detrás. Al parecer, la artista no tiene la misma opinión sobre el texto; nunca obtuve respuesta cuando le pregunté qué le había parecido. Tampoco la compartió en sus redes sociales, con lo significativo que es ésto. En fin. Pasen y vean. Y juzguen.
La otra entrevista que comparto ha tenido mejor acogida por parte del entrevistado, Sebastián Cabrera. Lo sé porque él sí compartió en su Facebook, oh aleluya, gran detalle para tranquilidad mía. La hice por encargo de la plataforma on-line de la revista Metal, es decir, para Daily Metal. La obra de Sebastián es muy analítica y gira al rededor de la requetesobre abundancia de imágenes y de lo efímeras que resultan en nuestro día a día y sobre todo en nuestra manera de comunicarnos. Para ello utiliza el vídeo, pero también la pintura, algo que en principio me chocó bastante.
Richard Hamilton ha vuelto al Macba. Su famosa instalación Growth and Form se puede visitar en el museo barcelonés dentro de la exposición que se ha montado para mostrar sus nuevas adquisiciones. Todo un detalle, pues son suyas y también nuestras: el museo es público y su colección patrimonio ciudadano. Aunque parece ser que no se sabe cuánto se ha gastado el museo en ampliar su colección. Ejem.
El caso es que las piezas de Hamilton se han expuesto recreando fielmente la muestra que en 1951 el propio artista montó en el ICA de Londres. He visto imágenes de aquella exposición y la verdad es que la recreación es idéntica, salvo por los plasmas que se han utilizado en esta ocasión. Chapó. Al entrar el otro día en la sala del Macba fue como viajar en el tiempo. Una emoción que debo agradecer a los organizadores del montaje.
Aparador con diferentes objetos, entre los que hay un cráneo, huevos y una estructura atómica
Aquello que Hamilton hizo en 1951 fue un hito por la novedad que suponía exponer arte así. No me centraré tanto en eso, sino en la temática de las obras. Growth and Form fue inspirada de alguna manera en una obra del zoólogo y matemático escocés D'ArcyWentworth
Thompsontitulada
de la misma manera que la exposición, On Growth and Form. En
ésta obra publicada en 1917, el científico trató de explicar los
patrones matemáticos que había detrás de las formas biológicas.
Tampoco entraré en analizar la repercusión dentro del campo de la
biología evolutiva, por su posicionamiento respecto el papel de la
evolución como causa principal de las formas de los organismos
vivos. Un trabajo muy respetado y valorado por la comunidad
científica y también por ingenieros, arquitectos y artistas, como
Hamilton.
En
el Macba se pueden ver esculturas que recuerdan (al menos a mí) a
las diatomeas,
un cráneo de un caballo, huevos de diferentes especies, la
radiografía de la aleta de una foca, un nautilus, y dos vídeos
sobre la formación de un cristal y el desarrollo de una célula de
un erizo de mar, entre otros objetos. Hoy en día puede que no nos
choque tanto, pero en los años 50, mezclar estos elementos de tan
diferente procedencia tuvo que resultar innovador. ¡Aunque no creo
que más que organizar una exposición de flores! Que es precisamente
es lo que hizo el MoMA con los híbridos
de Delphiniums de Edward
Steichen en 1936. Es decir, la naturaleza como fuente de
inspiración de artistas está muy bien. Pero es que Steichen, por
ejemplo, manipuló las plantas para obtener su obra. Eso es ir ya un
paso más allá, ¿no creéis?
Una de las esculturas de Hamilton que me recuerdan a una diatomea
Hoy
en día, los artistas que se interesan por la ciencia ya no solamente
buscan la inspiración en la naturaleza, sino que se meten
directamente en los laboratorios y utilizan técnicas propias de la
biología molecular. Eduardo
Kac acuñó el término que los engloba: bioartistas. Bajo
esta etiqueta, muy amplia y heterogénea, hay diferentes técnicas y
temáticas. Pero es interesante recalcar como ya no es solo
inspiración lo que van buscando en la ciencia, sino que a partir de
la práctica artística consiguen revolver las entrañas de la
mismísima ciencia. El propio Kac, o Koen
Vanmechelen, o Heather
Dewey-Hagborg, por citar algunos bioartistas, reflexionan sobre
los avances científicos hoy en día.
Ya
no les basta con fijarse en la bella estructura de las diatomeas o
culquier otra estructura orgánica y recrear esculturas que se les
asemejen, ya no hay solamente inspiración en la
vida. La combinación arte-ciencia hoy en día trata de la vida en
sí. La vida es su propio material de trabajo. Por eso, al visitar
Growth and Form en el Macba se siente admiración por lo que
significó y por su belleza, pero ver diatomeas en un museo de
arte ya no es representativo del momento en el que se debería
encontrar el arte contemporáneo, y especialmente el bioarte,
en la actualidad.
Cartel original de la exposición de Growth and Form en el ICA (1951)
Cuando vi Dependable Relationship, el collage de Eugenia Loli, se me vino a la cabeza la serigrafía en la que Alex Trochut retrataba a John Talabot y a la que ya hice referencia en una entrada anterior en Las 2 Ces. El Universo antropomorfizado tiene, parece ser, una fuerza más que magnética que lo hace ser recurrente entre los artistas. Así que movido por la curiosidad quise conocer un poco más a esta artista, a Eugenia Loli, y en su Tumbrl descubrí más collages, algunos tan oníricos como el anterior y otros algo más sarcásticos.
El espacio exterior goza de una presencia muy destacada en la obra de esta collagista. Ella misma afirma tener influencias de Magritte, del dadaísmo y del pop-art. Y es que fueron las vanguardias quienes trajeron esta técnica artística que ha permanecido vigente como reflejo de la importancia de la imagen en nuestra cultura.
Por supuesto, los títulos de las obras de Loli son más que sugerentes, y diría que parte fundamental para entenderla. Así, Dpendable Relationship es perfecto para ilustrar como vivimos en una relación perpetua, intrínseca o como el título del collage dice, confiable e incluso, para algunos de nosotros, cariñosa con el Universo. ¿O acaso no lo sentís así?